símbolos en atención primaria (4): el tiempo

 “Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. 

¿Qué más quiere, qué más quiere?. Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”. 

Estas son las líneas que definen “Las instrucciones para dar cuerda al reloj” de Cortázar. Una descripción del fragmento del tiempo que alguna vez nos gustaría inventar en nuestro cronograma: por la añoranza de cambiar lo vivido, por dibujar un nuevo escenario, por tantas otras razones…

El tiempo es  la vida como un cúmulo de porciones: a veces  rellenas, a veces (casi) vacías. El tiempo es, a su vez, esa sombra en paralelo que nos acompaña siempre.

Es el cuarto símbolo elegido por su omnipresencia y por los diferentes matices que lo definen:

            – El segundo: como ese tiempo micro de cada encuentro directo o indirecto, de cada mirada, de cada palabra, de cada silencio.

En su transcurrir se extraen los guiones que enlazan lo narrado y lo comprendido, lo que se quiere y lo que se puede, lo sentido y lo interpretado. Ese tiempo que solemos percibir como necesario pero insuficiente… y donde quizá decidimos qué hacer y qué no hacer, acompañados de la incertidumbre de pros y contras.

         – El minuto: como ese tiempo meso de la suma de tiempos micros variados, donde aparece esa grieta de percepción entre del tiempo entre los diferentes actores (tanto en la consulta como en las esperas).

       – La hora: como ese tiempo macro retratado en la piel apergaminada del paciente, en la de los otros y en cada uno de los escenarios compartidos. Es el árbol con sus raíces y sus ramas.

Se trata del arte de controlar el tiempo en el encuentro con el sufrimiento del paciente, todo del tiempo del mundo, a sabiendas de que siempre está limitado: el segundo está presente de forma casi tangible desparramándose como el agua por los cauces, sin embargo son el minuto y la hora los que dibujan la línea.

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