símbolos en atención primaria (9): el curriculum vitae

Me preguntaba si cabía la necesidad de presentarse de una forma más o menos formal a nuestros pacientes, más allá del nombre bordado en la bata o la tarjeta suspendida.  Me lo preguntaba cuando caían en mis manos este estilo de presentación y este otro. Estilos variados donde se entremezclan a dosis diferentes la frescura en el arte del curar-y-del-acompañar con la rigurosidad en la ciencia del arte. Me preguntaba si cabía la necesidad de compartirlo, si sería útil, si servía para aproximar mundos o los separaba aún más. Me preguntaba qué pensarán ellos acerca de la bata blanca, lo que hay detrás de ella, qué esconden las palabras “es usted muy joven doctora…” o “él me conoce de toda la vida…”, cuánto pesa el currículum de detrás de la mesa cuando se comparten signos-síntomas-y-demás…

Me lo preguntaba y de ahí surgió la propuesta de escribir acerca de lo que le gustaría saber. Y estas fueron sus letras:

La sonrisa del facultativo

Tengo el mismo médico de cabecera desde los doce años. Tampoco es que nos hayamos visto muchas veces en todo este tiempo, no soy de ir mucho al médico. El tema por el que más veces he ido son los quistes de grasa que siempre son el inicio de una ruta de derivación que concluye en cirugía menor. Me han quitado quistes del sacro, de detrás de las dos orejas, del glúteo, de ambas mejillas… A mí me gusta decir que a mi cuerpo se le da mal gestionar las grasas localizadas. Mi médico, cuando le pregunto, me dice que no pasa nada, que simplemente tengo un cutis más bien graso. La última vez que fui a que me visitara fue precisamente por uno de esos quistes. Tendría que haber ido bastante antes pues la cosa empezaba a parecer una invasión: tengo uno en la mejilla, otro en el hombro y otro –este bastante grande- en el glúteo. El del glúteo, además de ser grande, de tanto en tanto me supura. No fue por ese por el que fui, sin embargo, sino por el de la cara: se me sobreinfectó y me vi obligado a acudir de urgencias al hospital para que me lo desbridaran. A los tres o cuatro días me visitó el Dr. Gómez, mi médico de cabecera. Aproveché para comentarle también lo de los otros quistes. El de la cara me lo vio bien. El del hombro me dijo que, efectivamente, era un quiste de grasa. El del culo ni me lo miró, no debía tener ganas de gastar guantes de látex. Faltaban pocos días para las vacaciones de agosto. Me dijo que volviera en septiembre y que me derivaría al cirujano. Seguramente te los extirparan todos el mismo día, me dijo. Yo le comenté que podíamos encontrarnos con un problema de calendario, pues yo en febrero me voy a estudiar unos meses a Corea del sur y ya sabemos todos cómo están las listas de espera. Me preguntó qué iba a estudiar en Corea, estuvimos charlando unos minutos –creo que es la primera vez en más de 20 años de trato en la que mantengo con él una conversación extrafacultativa-. Me dijo que cirugía menor no era de los departamentos más saturados, que me haría un volante preferente a ver si así conseguíamos enviarme a Corea… Libre de grasas, acabé la frase yo. Y el médico soltó una breve carcajada y me miró sonriendo. También ha sido la primera vez, en estas más de dos décadas, en la que le he visto sonreir.


Y al leer su texto… y esbozar una sonrisa… pensé que sí… que el curriculum vitae sería el noveno símbolo. Un currículum que puede tener datos duros. Pero también datos blandos, más difíciles (a veces) de concretar en los guiones de un papel pero… que aportan su qué a la historia compartida en el tiempo, con ellos.

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