Literatura y ética narrativa: rodeados de historias nos encontramos.

momene                                                          Fotografía de Momeñe

“(…) Cuando quedé solo me dije: “La noche, que empezó amenazadora, concluyó bien”. No quiero exagerar pero aparentemente he olvidado (mi organismo ha olvidado) la gripe. Ahora el profesor me trae el té. Vamos a empezar la entrevista.
–¿Puedo preguntar lo que se me ocurra?
–Lo que se le ocurra.
–¿Usted se considera un hombre contradictorio?
–Yo diría más bien voluble. Impulsivo. 
–Durante un año se me escapó y ahora, cuando lo encuentro, parece contento de verme.
–Ya le dije: soy impulsivo. Usted me atrapó y, por el trabajo que le di, siento que le debo algo. En lugar de abatirme, celebro la nueva situación. 
–¿Es optimista?.
–Inestable y, también, bastante indiscreto. Como creo que todo es precario, no doy a nada mucha importancia, lo que suele costarme caro.. Encontrar el lado cómico de las situaciones me reconcilia con el mundo y con mi destino. 
–¿Se queja de su destino?. 
–No aunque en el destino de un aprendiz de brujo hay altibajos. 
–¿Se considera aprendiz de brujo?.
–Como cualquier investigador que realmente contribuye al progreso de la ciencia.  
–¿Por qué rehúsa las entrevistas? ¿Es tímido? ¿O no quiere quitar tiempo a su trabajo?.
–No veo por qué tiene que ser por una de esas razones. 
–No las llame razones. Son pretextos.  Tanta gente hoy día rehuye las entrevistas, que me pregunto si no hay que pensar en una epidemia o en una moda. 
–En mi caso, no.
–A todos nos duele admitir que el impulso de imitación nos maneja. Para el sociólogo Tarde, es el motor de la sociedad.
–A lo mejor ese Tarde tiene razón, pero yo evito a los periodistas por un motivo serio. Para mí al menos. 
–Dígalo.
–No, no puedo. 
–Me parece que al llamarse indiscreto faltó a la verdad.
–Bueno. Seamos consecuentes: nada importa nada. Se lo diré: alguien quiere matarme.
–De modo que mientras yo lo buscaba para entrevistarlo, usted huía de otro.
–Exactamente.
–¿Cómo voy a creer eso?.
–Evito a los periodistas porque son tan indiscretos como yo. Aunque no se lo propongan, dan indicios y orientan al hombre que me busca.
–Un personaje bastante increíble. 
–Él será increíble, pero usted es presuntuoso. Dice que me alegré de verlo. ¿Por qué me voy a alegrar de ver a una persona que no conozco?.
–Me pareció que se alegraba.
–Puede ser, pero no de verlo a usted. De no ver al otro. 
–Y ¿por qué ese otro quiere matarlo?.
–Como se ha dicho, nuestras culpas nos persiguen. Primero fui médico y sólo después me dediqué a la investigación. Entre mis pacientes, había uno al que yo llamaba el Buey. Era un hombre viejo, alto, fuerte, serio, de poca inteligencia y ningún sentido del humor. Creía fuertemente en sí mismo y en unas pocas personas, entre las que me contaba. Como era perseverante, con tiempo y trabajo se labró una situación que llegó a ser sólida, cuando ya no le quedaban muchos años para gozarla. Un día el Buey me recordó una frase que yo habría dicho en su primera entrevista en mi consultorio: “En cualquier situación, aun en las que no tienen salida, la inteligencia encuentra el agujerito por donde podemos escapar”. El Buey agregó que por esa frase vivió con esperanza. 
–¿No temió defraudar a un hombre tan crédulo?
–Parece que también en esa primera entrevista el Buey me dijo que una situación sin salida era la vejez, y que yo contesté: “Lo que no impide que un día la tenga”. Por si fuera poco, prometí buscarla. 
–No se queje. Prometió demasiado.
–Ya verá. Un día le anuncié que había encontrado el tratamiento… Créame, aún hoy, después de todas las cosas malas que nos alejaron, recordar la cara del pobre hombre en esa hora de esperanza, me conmueve un poco. Para llamarlo a la realidad, le advertí que no había hecho ensayos. Ni siquiera con animales. Me dijo que no le quedaba tiempo para esperar, que probara con él. Cuando le hablé de posibles efectos enojosos, me hizo una pregunta que yo había previsto: Dijo: “¿Peores que la muerte?”. Pude asegurarle que no. 
–Y convertir al Buey en un conejito de India. Pero ¿hay o no hay tratamiento?.
–¿También usted quiere convertirse en conejito?.
–Por ahora me contentaría con saber en qué consiste el tratamiento y cómo lo descubrió. 
–Partí de una reflexión. Para devolver la juventud, debía saber dónde encontrarla. La juventud flamante, sin deterioro, sólo existe en organismos que crecen. Al cesar el crecimiento, empieza el declive hacia la vejez. Aunque no lo notemos, ni lo noten otros. 
–¿Usted detectó hormonas que fuera del período del crecimiento no se encuentran?
–Digamos que aislé elementos que después del crecimiento no actúan. 
–¿Los aisló y los inyectó en su paciente?.
–Pensé que un organismo viejo, aunque sólido, requería una dosis fuerte.
–¿A qué llama una dosis fuerte?.
–La que actúa en cualquier chico de dos años. Entienda: podía apostar a la expansión  o a la juventud. Aposté a la juventud y ganamos. 
–¿Qué pasaba si ganaba la expansión? 
–El Buey hubiera estallado como el sapo de La Fontaine.
–¿No estalló?.
–Prevaleció la juventud. El organismo toleró ese embate generalizado. Es verdad que tuve la precaución de fortalecer los cartílagos. 
–¿Debo entender que su paciente recuperó la juventud y está feliz?.
–Feliz, no. Hubo una considerable expansión que el Buey, como le dije, toleró bien. Físicamente, le pido que me entienda, porque su ánimo no se repuso. 
–¿Usted cree que se va a reponer?.
–Lo dudo. 
–¿Su paciente no toma las cosas demasiado a pecho?.
–Yo diría que el cambio lo sorprendió. 
–¿Un cambio para bien?.
–En un aspecto, el de la juventud, desde luego; pero está el otro. Póngase en su lugar, considere que un niño de dos años triplica su tamaño.
–¿No me diga que el pobre hombre lo triplicó?.
–¿Cómo se le ocurre? Para eso deberán pasar dieciocho o veinte años; sólo pasaron cinco. Ya es enorme. 
–¿Más de dos metros?. 
–Mucho más. Piense que el Buey creció como un niño de dos años que midiera un metro ochenta…
–Pobre hombre. ¿Está disgustado?
–Está verdaderamente triste. Quizá imaginó que los malos efectos de que le hablé serían vértigos o una erupción en la piel. Como todo el mundo, cree que el mal que lo aqueja es el peor. Llegó a pedir que le diera algo para detener el crecimiento. 
–¿Se lo dio?.
–Le receté placebos, remedios inocuos. Usted sabe: aqua fontispanis naturalis. Ya había experimentado  en exceso con las glándulas de su organismo. Traté, eso sí, de acompañarlo, de confortarlo. 
–Me parece bien de su parte. 
–Pero comprenda: cierto gigantismo equivale al destierro. Para mi paciente no hay mujeres ni cines, ni camas, ni automóviles, ni casas. ¡Los departamentos modernos tienen techos tan bajos! Además, el pobre Buey es un hombre tímido. Que lo vean le da vergüenza. 
–Tuvo suerte de contar con un médico muy compasivo. 
–Hasta cierto punto, nomás, hasta cierto punto. En esta vida precaria nada dura, ni siquiera nuestros buenos sentimientos. Llegó el día en que me cansé de la compasión y eché todo a la broma. 
–¿Ante su propia víctima?
–Sí, una barbaridad. El Buey, en una de mis visitas, porque ahora yo lo visitaba, me dijo que mientras le alcanzara el dinero se confinaría en su casa, pero que probablemente en un futuro no demasiado lejano tendría que trabajar. 
–¿De qué?.
–Eso mismo le pregunté yo. Me dijo: “De monstruo de circo”. Su respuesta me pareció tan apropiada y tan absurda, que tuve ganas de reír. Le dije: “A veces me parece que se queja por gusto. Muchos sufren por ser enanos. Por ser alto, nadie.” Se disponía a contestar porque pensaba que yo hablaba en serio, pero al ver mi cara vaciló, como si no pudiera creer que yo bromeara con su desgracia. Después de mirarme desconcertado, me agarró del pescuezo y me sacudió como un pajarito. 
–Sacudido por ese gigante, ¿quién no parecería un pajarito?
–Yo más que otros. Por casualidad me salvé de que me matara. Me dejó desvencijado y dolorido. 
–¿Volvió a verlo?
–Claro. Quizá usted tenga razón y sea un hombre contradictorio. Primero hago crecer al Buey y después me siento culpable.Conozco mis defectos, pero no siempre los corrijo. 
–Todos somos iguales. Cuénteme cómo fueron esas entrevistas.
–El Buey, que es un hombre obstinado. , mantuvo su resentimiento. Las entrevistas fueron penosas para ambos. Sin llegar a suprimirlas del todo, las espacié. Entonces noté en mí una reacción poco atractiva.
–¿Qué notó?
–Cuando estaba con él me sentía compungido, casi avergonzado de haber provocado su desgracia. Pero bastaba que no lo viera dos o tres días para olvidar culpa y dolor. Hasta me sentí inclinado a celebrar el lado cómico de la historia. 
–Aun si hay lado cómico, no creo que usted sea el indicado para celebrarlo. 
–Si por lo menos lo hubiera hecho en el secreto de la conciencia…
–¿Lo ofendió?
–Vino un periodista. Cuando son inteligentes, me siento cómodo con ellos y me parece una mezquindad no hablarles abiertamente. Mi  convicción de que todo lo precario me lleva a pensar que el porvenir también lo será y que nada tiene importancia. Creo, eso sí, en cada momento, como si fuera un mundo, el último mundo definitivo, y digo toda mi verdad. 
–Me gustaría saber cómo esas reflexiones generales repercutieron en su conversación con mi colega. 
–Irreparablemente. Hice bromas y confidencias. Fui indiscreto. ¿A que no sabe qué dije?
–No.
–Dije que desde el principio preví el crecimiento de mi paciente y que dominado por la curiosidad, y porque la la situación me divertía, llevé el experimento hasta las últimas consecuencias. 
–¿El Buey le metió pleito?
–No.
–Menos mal.
–Mucho peor. Me llamó para decirme que había leído en el diario la entrevista y que iba a matarme. Dijo: “Porque durante buena parte de la vida lo respeté, ahora no quiero tomarlo por sorpresa. Está prevenido”. 
–¿Usted qué hizo?.
–Las valijas. Me fui en el primer avión. El Buey me siguió, según me explicaron, en avión de carga. Recorrimos toda Europa. Hasta ahora, yo siempre a la cabeza, aunque seguido de cerca, créame. No sabe con qué precipitación tuve que abandonar ciudades en que me encontraba a gusto.
–¿No se habrá ido alguna vez porque yo llegué y usted creyó que era su paciente?
–No hay confusión posible. Por más que se cuide, el pobre diablo llama la atención. Gracias a eso estoy vivo. (…)”
 
Historia desaforada por Bioy Casares.
 

 

Desaforada: grande con exceso, desmedida, fuera de lo común. 
Desaforada es la historia relatada por el profesor, que conjuga pasado y presente con puntos suspensivos. Dos protagonistas: él mismo y Buey, nos muestran diferentes conflictos y contradicciones que sucedieron en el transcurso de su relación como médico y paciente, respectivamente. Una trama que no se limita a organizar los hechos de forma solitaria, sino que aparecen encadenados a emociones, deseos y conflictos (no resueltos) individuales y compartidos. 
 
Una historia donde dichos conflictos se pueden intuir dibujados a la luz de algunos de los grandes principios bioéticos como la autonomía, beneficencia y no-maleficencia, y por otros, no menos importantes, como los límites de la relación entre ambos protagonistas (con la vida en general y la medicina en particular), el quehacer más allá de la obligación profesional o el valor del respeto y la compasión hacia el otro, por ejemplo.
 
Sobre los conflictos éticos y la vivencia ante ellos escribe Rita Charon en “Literature and ethical medicine: five cases from common practice“. Descubrimos cinco historias narradas por diferentes médicos (psiquiatra, pediatra, médico general, traumatólogo y cardiólogo). En la exposición de cada una de ellas se intercala la reflexión del narrador con el paralelismo que implican descubrimientos como el libro “La muerte de Ivan Illich“, poesías escritas por la madre de un niño enfermo, la historia de “Las uñas de los dedos de los pies” de Richard Selzer. De esta forma nos aproxima al potencial de la literatura para comprender lo singular de cada una de las historias que nos rodean y de las que somos partícipes bien como narradores, bien como como espectadores, o una mezcla de ambos papeles. En su introducción también hace referencia a su valor en la capacidad para entrenarnos en reconocer la complejidad y contradicciones que acompañan a algunas de las situaciones de estas historias. Como en otras ocasiones, la propuesta de una medicina narrativa no pretende plantear una alternativa al método y la rigurosidad de la evidencia científica, sino presentarse como una mirada complementaria.
Las historia desaforada de Bioy y las historias recopiladas por Charon pueden ayudarnos a navegar en las situaciones ambiguas, marcadas por la asimetría temporal y de poder entre los diferentes protagonistas y donde confrontan varios argumentos, expectativas y deseos. Puede ayudar a reconocer que los dilemas y conflictos éticos se encuentras insertados en historias que han de ser hiladas en un contexto, marcados por un tiempo y en el que los protagonistas aportan la singularidad respecto a otras historias. 
 
Rodeados de historias nos encontramos. Historias singulares y enredadas.

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