Nicolás: el espejo de tinta y de palabra

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“Ésta es mi historia. Se la pedí al médico que me llevaba, antes de trasladarme a vivir aquí, para que sepan qué tengo y qué tomo. Allí lo apuntaban todo en el ordenador”.

Recuerdo así las palabras de Nicolás en su primera visita, después de su saludo estrechando la mano en la puerta de consulta, cuando acudí a llamarle. [En su otra mano sujetaba una gorra y el periódico. Iba vestido con ropa oscura que contrastaba con el color grisáceo claro de su barba y el color crema de sus gafas]. Era la media tarde del jueves y yo acumulaba cerca de veinte minutos de retraso sobre los tiempos de la lista de pacientes citados. No había tocado aún el ordenador para entrar en su historia, le escuchaba mirándole. Acto seguido, de forma (casi)automática me giré hacia la pantalla. [Hace tiempo que intento controlar ese impulso (casi)automático de dedicación a la máquina con el sonido de mis dedos en las teclas. Pero aún queda por mejorar esa latencia de tiempo]. Al seleccionar su nombre se confirmó que nunca le habíamos visitado. Preferí dejar el papel que me había entregado sobre la mesa, aún sin desdoblar y escuchar su historia. Sin embargo él parecía confiar en que quizá no era necesario que le preguntase porque estaba el papel ahí. Primero con un gesto señalando el papel fue cuando le propuse que lo podíamos mirar, al final, después de haber conversado, pero al insistir con “todo está ahí” decidí descubrirlo juntos. [Un instante fugaz de confusión me sobrevino pues no entendía que no prefiriese hablar].

El papel doblado se trataba de un informe impreso con una extensión de poco más de media página. Recogía la edad de Nicolás, el domicilio anterior y después se podían leer dos grandes apartados: uno dedicado a una lista de códigos relacionados con un diagnóstico a su derecha; otro con los tratamientos farmacológicos actuales.

[Ese informe algo recortado en palabras y con una sobrecarga de información sobre los problemas biológicos de Nicolás me hizo dejar en el pensamiento en paralelo qué tipo de información es la relevante y qué ha de contener un resumen como éste].

Fue a través de esa información que devino nuestra conversación: primero a modo de interrogatorio y después de una forma más o menos fluida. [Nuevos encuentros como el de Nicolás, con el tiempo de retraso acumulado, implican para mí una situación en la que navegar entre el ambiente de escucha activa, sin trasladar la prisa por el retraso, pero sin olvidar el reloj]. Esa fluidez permitió después el registro en la historia nueva de algunos detalles que daban contenido a esas etiquetas diagnósticas y tratamientos.

Nicolás además me contó que su mujer murió hacía ahora cinco años, que sus dos hijas vivían en Burgos y que se trasladaba a vivir a aquí porque tenía una nueva pareja y habían decidido estar junto al mar, en casa de ella. Desde niño había ayudado a sus padres al cuidado del campo y de algunos animales que tenían sus abuelos. A los quince años se trasladó del pueblo de Burgos a Madrid, a casa de unos tíos, para formarse como mecánico con el sueño de poder trabajar algún día con aviones. Sin embargo, unos años después comenzó trabajando como conductor de trenes hasta que se jubiló hacía diez años. Conocía, éste, su nuevo lugar de pasada con el tren. Sus dos hijas tenían miedo por si se descompensaba de su diabetes o tenía un nuevo infarto y por si le atenderían igual aquí, pues en Burgos le conocían de tiempo atrás.

Él comentó que su enfermedad más importante era la soledad que había llegado cuando Luisa murió y que ahora comenzaba a poner algo de orden en ese estado caótico. Había pasado de tener miedo a la muerte cuando era joven, a querer marchar con Luisa y ahora tener miedo a no poder seguir disfrutando de sus lecturas y de los viajes que ha imaginado con Ángela.

La consulta con Nicolás se fue más allá de los diez minutos. La última frase antes de marchar, ya casi abriendo la puerta, fue que no recordaba que en una consulta se le preguntase tantas cosas sobre él.

[Me pareció percibir en su tono algo de sorpresa, de haberse sentido escuchado. Es solo una sensación, no me atreví a indagar tras su comentario. Habrá más encuentros para ir ubicando sensaciones. Quizá su frase de despedida tenga que ver con la razón de su insistencia inicial en que leyese el informe sobre él].

Hasta aquí una historia que nos acerca a algunas aristas que constituyen la identidad de Nicolás. A través de estas historias me planteo algunas dudas relacionadas con la capacidad para narrar la propia historia (por uno) y  la de escuchar y recoger lo narrado (por el otro), sobre qué tipo de información de la identidad del paciente y de su seguimiento es la fundamental y susceptible de ser registrada y cómo se realiza en el día a día.

Los autores de un artículo titulado “Medical records and other stories: a narratological framework” proponen la historia clínica como símbolo del registro médico en el proceso narrativo de la identidad del paciente, que puede permitir disminuir la brecha entre la teoría y el profesional, entre el paciente y el profesional.

Pero quizá haya que considerar, como describe Rita Charon, el riesgo de convertir el registro médico en la historia como una actividad mecánica y el esfuerzo de evitarlo ya desde la formación pregrado aprendiendo a interpretar la vida de un paciente. La autora utiliza la metáfora de la vida del paciente como si de un libro se tratase y el entreno en habilidades, a través de disciplinas como las Humanidades, que nos permitan transitar por el filo que resulta de la confluencia de diferentes tensiones como: la comprensión del sufrimiento, el roce entre cuidado y compasión, la necesidad de reconocer al otro como único y su nuestra (con)vivencia con la vida y la muerte, por ejemplo.

Las historias y su complejidad invitan a descubrir las posibilidades de inscripción de lo humano en el devenir de lo que hay a nuestro alrededor, en nuestro quehacer.

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