El arte de cuidar

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” Manuela pasa los días en su piso. Las fotografías que visten las paredes y los muebles del salón, junto con las visitas que ascienden las escaleras hasta el cuarto piso, enlazan las historias de su pasado y de su presente. Ocupan su tiempo y su memoria.

Estábamos en el pasillo casi a punto de despedirnos, después de una visita que había pedido porque llevaba días que se encontraba mareada. Cogió un marco de fotos y comenzó a recordar a su marido. Creo que hasta entonces no habíamos hablado de él con detalle. Sin que hiciese ninguna pregunta expresó qué pena que no hubiese podido disfrutar más que un primer año de jubilado, con la ilusión que tenía por dedicarse al huerto y salir a pescar, con su amigo Pedro, en una barca que habían comprado juntos. 

Un cáncer de pulmón “se lo llevó”, me dijo. 

Me invitó a sentarme de nuevo junto a la mesa del salón. Después de un breve silencio continúa con el recuerdo sobre su marido y su deseo de morir en casa que él tenía desde siempre. Ella piensa que quizá sufrió y que si hubiese ingresado en el hospital hubiese sido diferente.

[De nuevo otro silencio].

“Contaré algo que no saben ni mis hijos… y es que siempre me ha quedado la duda de si yo podría haber hecho algo porque no sufriera tanto. A veces, cuando él estaba aquí sentado en el salón por las noches, tenía dolor y no hacía más que preguntarse porqué le tocaba a él algo así… me dijo algunas veces que le diese un golpe con la silla y que acabase con todo…”.

[Se empaparon sus mejillas]

“Pero nunca lo hice. A veces le miraba y callaba, otras le decía que cómo me pedía eso y le daba ánimo para luchar como le decían los médicos, otras le intentaba animar pensando en que se mejoraría aunque cada día lo veía más delgado y apenas comía… Me acuerdo lo que repetía muchas veces: que no, que no le mintiese. Y a los seis meses de haberle dicho el médico lo del cáncer se murió. Cuesta estar en esta casa y tanto silencio aunque haya pasado tiempo, nosotros llevábamos juntos casi desde niños”.

Bajaba cada uno de los peldaños que conducen a la calle desde la casa de Manuela y de forma casi espontánea recordé la historia de Georges y Anne relatada en la película “Amour”. Sin pretender acotar las aristas de una y otra historia, creo reconocer que en ambas plantea a los protagonistas un escenario en el cual aparece una enfermedad acompañada de la degradación, del sufrimiento, de la soledad y una confrontación (casi) continua con la muerte. Donde el amor se viste de sentimientos, a menudo censurados, como la culpa, la impotencia, el fracaso…

El quehacer sobre lo que se debe y lo que se quiere es un constante conflicto que gira alrededor de la elección ante lo mejor para la persona querida-cercana con el menor daño respetándolo en un entorno donde lo singular y lo plural, a veces, se diluye. En ambas historias está el protagonista enfermo que nos acerca al sufrimiento del protagonista cuidador, ante la persona querida que comienza a no ser quien era, que dejará de ser y de estar.

Me pregunto en cuántas historias con titulares (casi) homogéneos se esconde esta complejidad del enfermar y del cuidar y cómo somos partícipes con el silencio y la tendencia a encasillar con esquemas mentales predominantes una realidad repleta de aristas coloreada de grises variados.

Son historias sobre los otros que salpican en territorios compartidos pero aún así (des)aprovechamos la oportunidad de deliberar sobre cada una de esas aristas que se descubren o se esconden, sobre razones y emociones.

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