El archivero de historias

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“Sassall hace algo más que tratarlos cuando están enfermos: es el testigo objetivo de sus vidas. Casi nunca se refieren al otro como tal, sólo piensan en él en esos términos cuando se reúnen por alguna circunstancia práctica. Sassall no es el árbitro último de sus litigios. Por eso he elegido una denominación más humilde, la de archivero, el archivero de su historia. Es precisamente su privilegio lo que lo cualifica para esa función. Para ser lo más completos posible – ¿y quién no sueña a veces con ese ideal imposible de quedar completamente registrado en la historia? -, los archivos tienen que estar en relación con el mundo en general y han de incluir lo que está oculto, incluso lo que se oculta en los propios protagonistas de la historia”

 

Es reincidente la lectura del libro “Un hombre afortunado de John Berger como pretexto para continuar indagando sobre el quehacer dentro y fuera de la consulta, con el paciente-y-su-entorno y conmigo misma. Me quedé anclada en este párrafo inicial al descubrir la definición del médico como archivero de historia y ahí ando circulando entre el significado de su sentido literal y como metáfora (de lo que podría ser y no es).

Considerando al médico como partícipe en el proceso de narración de la historia del paciente hace que desvela rasgos de su quehacer que lo orientan, por ejemplo, a un enfoque más realista o empírico, entre otros. Aunque en ocasiones las líneas divisorias entre unas y otras tendencias no son tan claras y el tipo de pensamiento se entremezcla, no abandonando por completo modelos previos. Las definiciones de salud-y-enfermedad como agregados de conceptos biológicos, sin tener en cuenta el componente cultural y personal con su biografía, definiría una práctica realista. El empirismo, partiendo de que cree en el conocimiento de aquello que ve, consideraría a  enfermos y no enfermedades, aproximándose así a una orientación donde el cuidado y acompañamiento del paciente (y su familia) atraviesan fronteras más allá de lo preventivo y lo curativo y donde se conjuguen ciencia y arte a la par. El empirismo como mirada holística.

Admitiremos que no hay enfoque único- perfecto y que el óptimo sería aquel que se alejase de la formulación de los relatos de la enfermedad de forma impersonal como representación de la objetividad a la cual aspira la ciencia médica.

Cualquiera de ellos se encuentra impregnado por un lado por el pensamiento positivista definido por Ehrenreich en su libro Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo como un brillante método de control social, donde todo depende y se sucede en consecuencia a la actitud personal de cada individuo. La autora utiliza algunos ejemplos (reconocidos), donde queda dibujada esta realidad: ” si después de meses o años, todavía no has encontrado un puesto de trabajo o el cáncer ha hecho metástasis, sólo tienes que esforzarte más para ser positivo y superarlo”. La actitud-los hechos de cada individuo y las consecuencias derivadas de ellos retratan, pues, esta filosofía positivista, anclándose en nuestro lenguaje cotidiano y sus metáforas, con cierta carga nociva, a través de expresiones como: “el cáncer, el enemigo”, “tengo que ganar esta batalla”, “el virus invadió todo”.

De la mano de este pensamiento nos encontramos con nuestra (in)tolerancia a la incertidumbre, ya visible a priori en el uso del lenguaje al traducir, con frecuencia, “evidence based medicine” como medicina basada en la evidencia y no como medicina basada en pruebas, su traducción más adecuada. No es un matiz sin importancia porque, en ocasiones, nos pone en alerta sobre el riesgo de considerar que la medicina puede determinarse por evidencias (certidumbres) y no por probabilidades. Y es cuando el paciente (y su entorno) tienden a convertirse en una ficha que transita por algoritmos, exámenes clínicos estructurados y tratamientos variados, donde la información acerca de decisiones predefinidas tiende a confundirse con la toma compartida de decisiones o cuando la cultura estadística puebla la comunicación.

La aproximación a la realidad humana no puede ser similar a la realidad natural pues en lo humano confluyen la irreversibilidad  y lo imprevisible. Lo improbable ocurre de forma regular y por tanto no puede no tenerse en cuenta lo incalculable. Considerar al paciente como sujeto moral con identidad narrativa es hacer presente el principio de autonomía, no limitado a un punto de llegada, sino como un comienzo necesario.

Como archiveros de historias forma parte de nuestra responsabilidad reconocer de donde partimos y hacia dónde vamos.

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