Virgina Woolf: sobre lo cotidiano del cuerpo (enfermo)

wolf

” (…) La literatura procura sostener por todos los medios que se ocupa de la mente; que el cuerpo es una lámina de vidrio plano por el que el alma ve directa y claramente y, salvo por una o dos pasiones, como deseo y codicia, es nulo, insignificante e inexistente. Mas lo cierto es todo lo contrario. El cuerpo interviene todo el día, toda la noche; se embota o se agudiza, se embellece o se marchita, se vuelve cera en el calor de junio, se endurece como sebo en la oscuridad de febrero. La criatura de su interior sólo puede mirar por el cristal – sucio o sonrosado; no puede separarse del cuerpo como la vaina de un puñal o de un guisante ni un momento; ha de seguir el interminable desfile de los cambios completo, frio y calor, bienestar y malestar, hambre y saciedad, salud y enfermedad hasta que llega la catástrofe inevitable; el cuerpo se desmorona y el alma se libera (dicen). Pero no existe registro de todo ese cotidiano drama del cuerpo. Siempre se escribe sobre las obras de la mente, las ideas que se le ocurren, sus nobles planes; cómo ha civilizado el universo. La muestran ignorando al cuerpo en la torre del filósofo; o lanzándolo como a un viejo balón de cuero a cruzar leguas de nieve y desierto en pos de conquista o descubrimiento. Se olvidan de estas grandes guerras que libra el cuerpo con la mente esclava en la soledad del dormitorio contra el asalto de la fiebre o la llegada de la melancolía. No hay que buscar lejos la causa. Afrontar estas cosas requeriría el valor de un domador de leones; una filosofía vigorosa; una razón arraigada en las entrañas de la tierra. A falta de esto, este monstruo, el cuerpo, este milagro, su dolor, nos harán refugiarnos enseguida en el misticismo o a elevarnos con un rápido batir de alas en los arrebatos del transcendentalismo. La gente diría que una novela dedicada a la gripe carecía de argumento; se quejaría de que no había amor en ella – erróneamente sin embargo, pues la enfermedad asume a veces el disfraz del amor, y realiza los mismos trucos extraños. Confiere la divinidad a algunos rostros, nos obliga a esperar hora tras hora, atentos al crujido de una escalera, y adorna los rostros de los ausentes (bastante corrientes en la salud, bien lo sabe el cielo) con un nuevo significado, mientras la mente urde mil leyendas y romances sobre ellos para los que no tiene tiempo ni inclinación en la salud. Contribuye,  por último, a dificultar la descripción de la enfermedad en la literatura la pobreza del idioma. La lengua inglesa que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia de Lear carece de palabras para describir el escalofrío o el dolor de cabeza. Se ha desarrollado en una sola dirección (…)”

 
Texto del libro “De la enfermedad” por Virginia Woolf (1925)
 

Virginia Woolf murió en el río Ouse el 28 de marzo de 1941. Hasta entonces dedicó su vida a escribir. Varias y variadas son las letras que dejó. Vida (compleja) en la cual, según parece, transitó por diferentes caminos acompañada por La Enfermedad.

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