Consultas sagradas y el “dejar de hacer”

 

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“Patricio LS, de 51 años: “vengo a pedirle analítica para la próstata, porque dicen que a una edad los hombres se tienen que mirar”; Carmina FG, de 89 años: “me canso y no puedo dormir por las noches, casi no puedo llegar hoy hasta aquí”; Fátima K, de 27 años: “duele la cabeza todo el tiempo, no mejora nada”; Estefanía SS, de 17 años: ¿cómo puedo pedir hora para la ginecóloga?. Quiero que me mande las antibaby…”; Luisa RL, de 62 años: “ya no me dan en la farmacia el tratamiento para los huesos”; Priscila ML, de 76 años: “deme algo para el dolor, no puedo aguantar más… Mi vida no tiene solución: mi Pedro se fue por culpa de esta crisis, no aguantaba más, y mi María no da a basto limpiando casas para sacar adelante a sus tres hijos porque su marido está en paro”; Manuel NP, de 75 años: “mi enfermera de antes me miraba el azúcar cada vez que venía a la consulta, ahora me hacen nada. Mándeme para que me miren…”; Cristina PP, de 35 años: “quiero que me pida una mamografía. En la mutua me la pedía cada año, ahora he dejado de pagarla”; Carmen RS, de 62 años: “estoy perdiendo mucha memoria, quiero que me mande al neurólogo y que me dé tratamiento para no llegar a estar como mi madre con la demencia”; Teresa ML, de 52 años: “vengo porque me toca tomar estos tres meses de invierno el protector para la rodilla que me mandó el reumatólogo y ya no me queda en mi casa””; Antonio RJ, de 73 años: “la cortisona que me dió su compañera me ha devuelto la vida: ya no me duelen los brazos, puedo ir al campo, como la mar de bien….”; Luis GL, de 50 años: “me duele la rodilla otra vez, hace un año me la miraron por dentro con una cámara y me limpiaron el menisco, pero vuelvo a estar igual”; Marina LR, de 36 años: “quiero pedir una segunda opinión: cuando a mi madre le vieron que tenía melanoma en la retina, mi hermana y yo nos comenzamos a hacer revisiones cada año. A mi me vieron un nevus en la retina y en el último control, el nuevo oftalmólogo me dice que ya no ve nada y no me quedo tranquila”; Susana MZ, de 24 años: “tengo que tomar antibiótico, sino no me curaré este catarro”; Tania SF, de 32 años: “no pierdo peso aunque he hecho muchas dietas, me han dicho que venga al médico porque seguro que es por el tiroides…”; Rosa ML, de 52 años: “vengo a por el resultado de la analítica del colesterol y a que me renueve la receta de las pastillas del colesterol”; Avelino PR, “el cardiólogo me ha cambiado la pastilla de la sangre, ahora ya no tengo que hacerme los controles y dice que será mejor para mí. Tiene que ponerme el tratamiento para siempre”; Sebastián LA, de 80 años: “ mi padre no duerme por las noches, desde que murió mi madre no hace nada en la casa ni sale. Quiero que la asistenta social le ponga alguien que esté en casa y le ayude, nosotros trabajamos y no podemos estar con él”; Berta RG, de 30 años: “ me queda un mes para el parto, se me hace muy pesado ir a trabajar cada día cogiendo el tren y volviendo casi de noche, quiero la baja”……………………………………….”.

Es todo un ejercicio de (re)aprendizaje el revisar lo que ha acontecido en apenas cinco horas para situar sensaciones, ideas en días percibidos como de cierta “densidad” por la cantidad (de personas) y/o la calidad (de lo escuchado, observado, transmitido, intercambiado…). Ésta es parte de la lista de los motivos de un día de consulta de hace unas semanas. En ella reconozco algunas consultas sagradas, esas consultas que se definen como un paréntesis en las prisas, la calma en la tempestad, la serenidad en el apresuramiento. Son visitas donde el escenario puede incluir ciertas tensiones e impacto en el paciente al tener que plantear al paciente que una recomendación, un tratamiento, un método preventivo, una prueba diagnóstica utilizada durante tiempo y recomendada como la mejor opción (en ocasiones casi como la infalible, sin ningún tipo de “peros…”) ahora ya no lo es… Y que incluso la mejor opción es no hacer nada, el esperar y ver, el no intervenir…

Un reciente artículo artículo titulado: “Reversals of established medical practices: evidence to abandon ship” nos recuerda que conocemos que existen intervenciones (preventivas, diagnósticas, terapéuticas) que a posteriori han demostrado no ser la mejor opción y que deberían abandonarse, sin embargo la realidad práctica es que no se abandonan y existe una resistencia a este cambio (más que) justificado. El “dejar de hacer” es una práctica que forma parte de una dinámica que debería ser circular partimos de la consideración de que en la introducción de innovaciones clínicas y en la práctica basada en evidencia mejorable…  no debemos dar por hecho que siempre lo nuevo nos aportará el mejor resultado (en salud) y nuestra responsabilidad de informar de esta situación al paciente.

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