Un tema pegajoso: que está allá…

pegajoso

Un dolor de rodilla, el de Hortensia, que no se alivia(ba) con ninguna pastilla. Pero que era motivo de consulta, en el caso de algunas semanas, de más de una y más de dos veces. Además del dolor de rodilla, me dí cuenta que solía hacer referencia a: “mi hijo el que está allá…”. Y a una paga que no da más de sí, porque su nuera limpia casas y se encarga sola de sus dos nietas, porque su familia no quiere saber nada. Y ella tiene que ir devolviendo dinero para eso que debe su hijo (“el que está allá”). Ya queda poco para que vuelva, o al menos que ya se pueda contar lo que resta con una sola mano a Hortensia le parece que es más llevadero. El “allá” se ha convertido en el destino del viaje de autobús cada 15 días, desde hace más de seis años. Antes lo hacía con su marido, pero murió hace un año. Ahora a veces lo hace sola, y otras veces acompañada por su nuera, que no siempre puede dejar el trabajo en las casas para ir a verle. El “allá” ahora es un escenario que reconozco en el discurso de Hortensia aunque no necesitemos descubrir su nombre real.

Varios días después del último encuentro con Hortensia, en una guardia de noche, entra José Manuel acompañado por María, su pareja. Antes de nada, me aclara que él ahora mismo está esperando su tarjeta sanitaria nueva y que sus cosas del virus y demás están de camino para conseguir que le visiten al hospital. Que justo hacía dos días que había acabado con la cantidad de papeleo que le pedían después de haber estado tiempo privado de libertad. “He estado privado de libertad años”, me repitió. No sé si mi cara debió expresar algo al escuchar esa frase y consideró necesario repetirla. No dije nada, creo. Después nos centramos en su preocupación por una tos que tenía desde hacía un par de meses y que notaba que ahora tenía menos apetito. Ella no entendía que ahora que ya estaba libre y todos estaban más contentos, él no tuviese ganas de comer y se notase tan cansado. [ Durante días resonaba en mi cabeza el eco de la frase: “privado de libertad”].

En pocos días se había hecho presente el escenario de la cárcel a través del testimonio directo de una madre, indirecto de la nuera, del que no ha tenido libertad y de la mujer que ahora le acompaña cuando ya tiene libertad. Parece que es un tema que no se despega. Es Rosa, una maestra de una clase de que consulta porque no puede dormir pensando que no llega a hacer en clase todo lo que está programado. Dice que todo es un poco caos, que la mayor parte del tiempo hay movimiento, ruido y casi gritos. Me explica el día de hoy con la historia de Raúl y Sara, dos hermanos de 11 y 12 años, cuyos padres ahora están en prisión, conviven con sus abuelos y a los que no sabe cómo estimular para que lean, estudien y hagan las tareas. En sus anteriores trabajos las clases eran más iguales. Hoy ha intentado hablar con ellos pero él dice que para ser barrendero no necesita saber lo que ella le dice y ella le dice que quiere ser peluquera y una tía suya le va a enseñar. Y ha salido de clase con una tensión que le ha hecho pedir cita de urgencia.

Y ayer, mientras esperaba a que me atendieran en el mercado, una señora le explica al frutero que ella ha tenido que apuntar a una mutua a su madre porque estaba cansada de ir de urgencias al centro y que allí mismo en la sala de espera estuviesen dos o tres detenidos acompañados de la policía. “Ya sabes que cerca está ese barrio al que tienen que ir cada dos por tres. Pero digo yo, que hagan un hospital solo para ellos, porque que tenga que estar mi madre de 80 años viendo esas cosas ahora…”.

Un tema pegajoso, sin duda.

En el estudio “ La cárcel en el entorno familiar” plantean el análisis de la repercusión del encarcelamiento sobre las familias, ahondando en las problemáticas y las necesidades, para acabar con una lista de propuestas sobre lo detectado. Un enfoque diferente al usual abordaje sobre el encarcelado y plantea cómo, en lugar de intervenir sobre “el individuo”, ser debería actuar sobre las causas estructurales de la criminalidad: las causas económicas, sociales y culturales. Porque la prisión no sólo no resuelve sino que agrava la exclusión social. Y el impacto negativo no sólo acaba en quien recibe la condena , sino que se extiende al entorno familiar, volviendo de nuevo al círculo de exclusión y vulnerabilidad.

Observar y escuchar dentro y fuera de las cuatro paredes de la consulta nos relaciona con los problemas pegajosos.

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