Deseo

Seis son los números que han ido marcando cada uno de los pasos hacia adelante y la mirada hacia atrás. Año tras año. Aunque el tiempo transcurría con ritmos diferentes, siempre llegaba puntual en el calendario. Y hasta entonces había sido un día de celebración. Escuchar su voz a modo de sentencia marcó otro rumbo. Resonó en mi cabeza varias veces que me estaba acercando al límite, a ese punto de no retorno. Y se sucedieron días de sentir los pies en el filo de un precipicio y el cuerpo sujeto de una fina cuerda. Mi cabeza ocupada por la idea circular del cuántos pasos recorridos: el número. Sin poder intercalar los cómos, el con quienes, los porqués… que conforman toda esa información blanda que nos da sentido y nos hace singulares.

Siempre es una invitación al juego pensar que algo va a ocurrir y en qué forma va a ocurrir. Aunque después, cuando sucede realmente, puede ser diferente a lo imaginado, a lo previsto. Tampoco sabes cuánto de lo deseado no depende de ti, sino que viene insertado en los inicios de una condición de posibilidad que comenzamos siendo y que se proyecta como una doble sombra desde el ideal de un nosotros uniforme.

Había llegado al encuentro con ella por ese deseo despertado, que hay quien se atreve a llamar como instinto. La sentencia establecía la imposibilidad de lo natural y depositaba toda la seguridad en su saber y en la técnica alejada de los cuerpos. Tardé en reconocer que me encontraba en un laberinto del cual era difícil salir si comenzaba a transitar por tantos interrogantes, a reconocer esa lanza dolorosa que atraviesa un cuerpo con un deseo frustrado y con la tarea pendiente de definir los límites del no. En ese momento, más que  nunca, me aferraba a ese deseo que dan hipertrofiado me atraía y me asustaba a partes iguales. Mi otro yo, a modo de pensamiento en paralelo, me repetía que nunca había estado, conscientemente, en la lista de los indispensables. 

No se despega de mí la sombra de esa nube gris que quiere absorber a mi yo entero, con su demanda de perfección y de medida que ni soy ni (quizá) quiero ser. Mi cuerpo es como una isla devorada por la vegetación. Mi mente cuadriculada, en un yo proyectando el deseo y un yo queriendo imaginar otras vidas posibles, se encuentra frente a ese precipicio: desciendo cada vez más abajo, sin poder controlar ni la velocidad ni la distancia. Y sin saber cómo, me encuentro remontando la pendiente. 

No puedo dejar de observar con detalle a cada una de ellas, conocidas y desconocidas. Y de preguntarles con la mirada y una voz ausente, sobre las razones de uno u otro devenir. Miedo al vacío que puede devenir por esa no prolongación de una misma.

Y consigo ver algo en esa sombra oscura cuando me pregunto si todo deseo tiene derecho de ser.

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