A propósito de Aurelia: una analítica “normal” como inicio de la escucha de su historia de «nervios»

Retomando la preparación de la jornada “Tenemos que hablar: ¿Hablar es perder el tiempo?”, aplazada de marzo al pasado veintinueve de octubre por el contexto de pandemia que nos ocupa, me preguntaba si sería pertinente un cambio respecto a lo que tenía para la  pasada sesión de marzo. Un cambio que incorporase el nuevo rumbo de mi práctica clínica en los últimos siete meses coincidiendo con la pandemia COVID. Esta realidad implica una dedicación durante muchos meses, casi exclusiva, a la atención telefónica de pacientes con quienes ya había un vínculo previo y pero también una gran proporción a quienes nunca había atendido.  Finalmente decidí continuar con la historia que había elegido para la sesión de marzo, que ahora podría considerarla excepcional pues comprendió varias visitas presenciales, la primera de ellas solicitada por la propia paciente. Es una forma de poner en valor aquello que, desde Atención Primaria, no podemos permitirnos el lujo de perder: la presencialidad y la longitudinalidad 1.

Comienzo con un este texto: “No se sabe nunca cómo comienza una historia. Quiero decir que cuando una historia comienza y esta historia nos llega, no sabemos el momento dónde comenzó, cuándo comenzó… Quiero decir que no estás allí, caminando en silencio por la calle y de repente, te dices a ti misma: bueno, ahí está, una historia que comienza. Quiero decir, no sabemos … Entonces, cuando finalmente nos damos cuenta de que nos hemos embarcado en una historia, no sabemos cómo terminará todo. Nadie puede saberlo. Es solo al final. Cuando todo esté consumido, abramos los ojos y nos digamos a nosotros mismos: la historia ha terminado. Se acabó y porque se acabó, comienzas a escuchar el silencio, el gran silencio que casi te ahoga. Es así. Entonces, para evitar el silencio, tratamos de encontrar las palabras. Para contar…”

Éste es el párrafo con el que comienza una obra titulada “ Un obús dans le coeur” 2 de Wadji Mouawad, el cual resume de forma concisa y clara lo que podría describir cuando acababa, con bastante frecuencia, un día de consulta o de visitas a domicilios. Esa historia que no sabemos cuándo comienza, que descubrimos al final y que en ocasiones está protagonizada por silencios sostenidos con palabras. Lo he releído varias veces en estas semanas y me sigue transmitiendo esa necesidad de estar atenta a la persona que se atiende. Vivo con cierto privilegio que se me haga participe, a través del encuentro y de la escucha, de historias más o menos escondidas en memorias y recuerdos, en ocasiones sin saber ni cómo ni porqué surgen en un momento dado. Pero ahí quedan compartidas, sin que los protocolos, ni los tiempos acotados, ni la incertidumbre los aboquen. 

La comunicación humana no puede, o no debería, reducirse a la información. En nuestros encuentros clínicos, el registro de datos objetivos en la historia clínica puede comprometer esta comunicación, inclinándose hacia un escenario donde la información es la que da significado. Quien habla y quien escucha han de estar juntos, aquí y ahora. Cuando eso no ocurre, se siente la ausencia. En la consulta  entra en juego la interelación profesional-paciente, es decir, se suceden consultas “sagradas” si ambas partes, profesional y paciente, permiten que tenga lugar. Si una de ellas no quiere, no se da, aunque no implica que no fuese necesaria. Conviene detenerse unos segundos para aclarar este concepto de “Consultas sagradas”, que fue el eje de un trabajo de investigación cualitativa 3 del grupo Kuxkuxeroak, y que partía de su definición como encuentros en que los pacientes expresan sus sufrimientos emocionales, generalmente, aunque no siempre, acompañados del llanto. Son encuentros difíciles de atender y nos conmocionan. Partíamos de esa definición pero la conclusión del estudio fue que cualquier consulta puede ser sagrada, en tanto que está protagonizada por personas, y que el sufrimiento emocional se expresa y se construye dependiendo de dicha interelación profesional-paciente.

Una historia se narra una y otra vez, pero cada narración es un acontecimiento. Y en esta narración oral, el silencio desempeña un papel enorme y activo. Se complementa con las palabras y con otras expresiones no verbales. Sin silencio, sin pausas ni descansos, no hay ritmo. También en la escucha es importante no quedar anclado en la literalidad de las palabras y en la traducción automática del relato a un lenguaje biomédico, sino dejarnos sorprender  por las metáforas 4, 5

De palabras, de silencios, de metáforas, de escucha, de cuerpos que se cohesionan física y psíquicamente… de todo ello versa la historia de Aurelia:

Aurelia había venido a la consulta de la enfermera para preguntar sobre cuándo se comenzaba a poner la vacuna de la gripe. Comentó que se sentía «cansada, que no tiraba…» y planteó hacerse una analítica para ver cómo estaba de anemia, de azúcar, de tiroides, incluyendo marcadores tumorales… A sus setenta y cuatro años constaba en su historia clínica el diagnóstico de artrosis y que tomaba paracetamol de vez en cuando, para aliviar ese dolor que le producía en sus manos.

Diez días después de esa primera visita, acudió a mi consulta para el resultado que se resumía en dos palabras: «sin alteraciones». Y esa conclusión escueta fue lo que nos permitió abrirnos a su otro tema, a la franqueza que llevó al llanto y a los pañuelos, al agradecimiento por hablar de eso que no puede, que está habitualmente vedado…

Me habló de que ella es «nerviosa» y que nunca le han curado este problema. Le pregunté sobre cómo son esos nervios, la invité a que me los describiese. Y ella se remontó a su infancia para hablarme de esta historia, a cómo fue la primera vez que sintió esos nervios. En esos primeros recuerdos siempre había un hilo que conectaba: su padre pegaba a su madre y a ella. A ella le pegaba porque no quería irse a dormir con él. Sus dos hermanas sí se iban, especialmente la pequeña. 

Un silencio y continúo hablando: «No recuerdo porqué…. pero quizá hubo algo que vi o que sentí, que se quedó ahi como una espina… y que me hacía escapar de él. Y mire que no sé si eran tocamientos o qué. Después de muchos años sin verle, acabé volviendo al pueblo cuando me dijeron que tenía demencia. Y en esa visita, lo primero que me tocó fueron mis pechos. Fue ahí donde pensé que de pequeña algo habría… aunque mi mente lo tenía borrado. Mis hermanas dicen que ellas no vivieron nada de lo que sospecho. Yo sí recuerdo que le veía entrar en casa y me temblaba el cuerpo, se me caían las cosas. Cuando me agachaba a recogerlas, sus brazos me alcanzaban y mi cuerpo sentía cómo me pegaba. Lo hacía más fuerte si decía que no iba a ir a su habitación”. 

Se sucedió otro momento de silencio y ella se quedó mirando a la ventana que había detrás de mí. Recuerdo su mirada y mi pensamiento sobre cómo del cansacio-que-no-tiraba, habíamos acabado hablando de sus nervios. 

El final de su relato ese día fue: “Luego enfermé más de los nervios cuando me vino la menopausia. Aquí las hormonas me los han dejado otra vez en mi cuerpo”.

…..

Nuestra conversación se nutrió de silencios y de palabras. Silencios que son la respiración entre palabras, pero también descubrí que ese día sus palabras describían una maraña de cosas silenciadas, un sufrimiento del cual no siempre se puede escapar. 

El nacimiento de la medicina clínica a finales del siglo XVIII se asentó ampliamente en la dicotomía entre la narración del malestar por parte de la persona que nos consulta y el conocimiento objetivo de la enfermedad por parte de la ciencia. El paradigma tecnocientífico plantea el cuerpo como un boceto que es necesario corregir, donde la información objetiva adquiere gran protagonismo. La presencia de síntomas no relacionados con una lesión o alteración morfológica visible ha producido históricamente mucha desconfianza 7. La afectación por síntomas inespecíficos, como  podrían ser los nervios de Aurelia, puede generar angustia en la persona enferma pero también en las personas involucradas en su diagnóstico, tratamiento y cuidado. Y el refugio en el detalle de los síntomas corporales puede acabar en una compresión simplificadora del relato de la persona.

En los posteriores encuentros con Aurelia no hemos vuelto a hablar sobre sus nervios, sí de otros dolores en su cuerpo. Quizá no vuelva a surgir esta historia del pasado, que me pareció intuir no deja de tener expresión a modo de dolor también, pero nos hizo aproximarnos a esa madeja en donde lo bio, lo psico y lo social se enredan y da sentido a nuestra singularidad.

A modo de conclusión, diría que en la historia de Aurelia, la comunicación estuvo mediada tanto por la palabra como por el contacto físico con el cuerpo que tiembla. En Atención Primaria, la exploración física respetuosa, además de su indudable valor en la orientación diagnóstica, nos permite reconocer  a la persona en su corporeidad, legitimar su malestar y reforzar el vínculo. La exploración como ese posible encuentro entre el alma y el cuerpo de la persona a la que atendemos. Con Aurelia no había vínculo previo y este hecho puede suponer una dificultad, que no imposibilidad, en la consulta. Pero se creó un vínculo que se sostiene por las palabras, los silencios, la escucha y las narrativa.

Lectuas:

1.- Starfield Bárbara. Is Primary Care Essential? Lancet. 1994; 344:1129–33.

2.- Mouawad, Wajdi. Un obus dans le coeur. París: Actes Sud Junior, 2017

3.- Baza Bueno Mikel, Serrano Elena, Dosio Ana, Diouri Nabil, Fernández de Sanmamed Mª José, Calderón Carlos, et al. (2019). “«Consultas sagradas» en atención primaria: ¿qué suponen para el personal médico?”. Aten Primaria. 2019.

4.- Le Guin, Ursula K. Sobre la escritura, la lectura y la imaginación. Editorial Círculo de Tiza. 2018

5.- Le Breton. El silencio: aproximaciones. Cuarta edición: Sequitur. Madrid, 2016.

6.- Serrano Ferrández, Elena. ¿Sufrimos y enfermamos de forma diferente las mujeres?. AMF 2020;16(5):285-288. 

7.- Moscoso, Javier. Historia cultural del dolor. Madrid: Taurus; 2011.

8.- Vigdis, Hjorth. La Herencia. Madrid: Nórdica Libros, 2019.

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