Suicidio: lo personal, lo social (y viceversa)

“¿Es el suicidio el verdadero problema filosófico?. Pensar si la presencia de la muerte y el “memento mori” es una amenaza o una oportunidad”. Ésta fue la primera consigna incluida en la propuesta de participar en el encuentro del pasado 24 de noviembre en la Escola de Pensament del Teatre Lliure. Las ediciones previas, coordinadas por Marina Garcés y Albert Lladó, habían sido para mí todo un descubrimiento que iba acogiendo como pequeñas y valiosas brújulas para conservar, y para compartir. 

La primera pregunta que me interpeló era si yo estaría legitimada para hablar del suicidio, desde mi experiencia con la bata blanca y desde el otro lado de la mesa. Este punto de partida me permitió esbozar y resituar ese lugar desde el cual mirar: el suicidio como una cuestión social, un síntoma que nos invita a preguntarnos, en plural, la sociedad en que vivimos e imaginar en la que querríamos vivir, en lugar de centrarnos en la individualidad. Los intentos y el sucidio son el iceberg de un sufrimiento personal y social de grandes dimensiones, que afecta a amplios sectores de la población. También de la autonomía humana llevada a su máxima expresión en la renuncia a vivir sin tener que tener “causa”. La mayoría de los suicidios son suicidios «no patológicos», son suicidios aparentemente sin causa, son parte de la normalidad, de la vida y de la muerte. Pero si prestamos atención a las cifras, nos debería preocupar porqué en esta sociedad enferma, que nos permitimos hablar y repetir sobre las generaciones “perdidas”, el suicidio sea causa del 10% entre 10 y 19 años.  Además, cada suicidio consumado deja un grupo de personas  familiares y del entorno cercano que sufrirán las consecuencias psicológicas y de estigma social, algunas de ellas para toda su vida.  

Las experiencias con personas que han intentado suicidarse o lo han hecho siempre conmueve, te hace preguntarte por esa responsabilidad y el modo de haberlo podido evitar, también te interpela sobre tí a modo de un espejo porque la vulnerabilidad tiene que ver con esa dependencia de unos con otros. Al intentar mirar atrás me permitió un retorno a mi infancia en un pueblo rural donde la muerte en general, y los suicidios en particular, no se podían ocultar aunque la mayoría eran historias clausuradas con la etiqueta de “estaba mal de los nervios”, “tenía problemas de dinero…”, “no se le notaba que estuviera mal…”. No hay una única forma de vivir ni de morir.  En este sentido, la cierta arrogancia de la medicina al plantear la prevención también impregna al suicidio. 

Y, por tanto, plantear una prevención del suicidio sólo desde lo sanitario como enfermedad y de forma individualizada es simplificar una cuestión compleja de la que no sabemos ni comprendemos. En el documento, después de la revisión de diferentes experiencias de prevención del suicidio encontramos que los efectos desde lo sanitario son muy modestos, y además se producen daños como el estigma en la clínica por el “código suicidio”. Las escalas individuales de estratificación del riesgo de suicidio son insuficientes y poco predictivas. Expresan el concepto de riesgo dominante en las sociedades occidentales, que es individualizado más que socializado. 

El suicidio, y el intento de, marca y estigmatiza porque «quema» con una denuncia a la sociedad que somos. Ligarlo a patología mental como parte del estigma. Clausurar la la patología mental como la mayor causa, tranquiliza socialmente. 

Acercarse al tema del suicidio supone intentar enfocar y desenfocar. Ahora, en nuestros días de pandemia, desde lo individual, el sufrimiento de la persona, a lo social, el desastre que bien refleja la pandemia, el confinamiento y el incremento de suicidios.

Con esta perspectiva no lanzo al vacío esta cuestión ni no reconociendo que es un deber social y sanitario actuar para conseguir los objetivos de prevención “posibles”. 

Rescato algunas de las notas transcritas a lo largo de estos años.  Son historias de Vida:

  • ​Manuela, que acude sola a la consulta, consulta porque dice estar perdiendo la memoria. Cuando la conversación deriva en un cómo te encuentras, no hay palabras, hay unas mejillas humedecidas. Pide disculpas por llorar y sus primeras palabras: “Llevo dentro algo desde hace mucho tiempo. Creo que nunca lo he contado a nadie. En mi casa no hablamos de esto porque a todos nos hace daño. A mi madre… uno de sus hijos, mi hermano, se suicidó hace 25 años…. Y mi madre, ahora hace cuatro años, no aguantaba más y decidió no estar más aquí.”
  • Nicolás es visitado un día en la consulta de urgencias. Cuenta que tras un viaje, realizado meses atrás disfrutando de un tiempo “sabático” porque necesitaba un descanso de su rutina, empieza a reflexionar sobre el contraste de su vida aquí y lo que había visto, sentido y vivido en la India. Lo expresaba como unas ideas a modo de pensamiento en paralelo y que en ocasiones es como si “su otro yo” le hablase… En esa primera consulta se le etiquetó de brote psicótico con derivación a Psiquiatría urgente. Tras tratamiento farmacológico, derivaciones, tiempo prolongado de baja laboral… recibe una propuesta de incapacidad por parte del tribunal que supervisa las bajas prolongadas. Dos días antes de la citación se suicidó. Después pude escuchar el testimonio de su hermana: “no se imaginaban que podía hacer algo así,  a pesar de verlo más abstraído los últimos días y que había expresado que no entendía: “¿qué significa que me incapacitan?”. 
  • Marta no veía salida. Hasta ahora había cumplido los tratamientos confiando en que era una forma de salir de todo esto. Y de ahí que desde esa mañana sólo volviese a ver “un fin”. Cuando nos despedimos, de pie me dijo: “Disculpa por hacerte escuchar todas estas ideas que rondan mi cabeza. Confiaba en que podía hacerlo y que no me enviarías a la séptima planta. Gracias”. 
  • André contaba: «Me tomé tantas pastillas porque había tenido un ingreso involuntario y ese día lo que quería era no sentir ni pensar. No las tomé pensando en morir, sólo en olvidar (si era posible). La consecuencia fue estar tres días durmiendo y sintiéndome mal por tanta medicación, pero estaba en mi casa, en mi cama. Y no lo volvería a hacer».
  • Luis, se trasladó hace 5 años a Barcelona tras fallecer su madre en un pueblo del sur de España. Explica que tenía “problemas con el alcohol” pero que vivía con su madre y eso le ayudaba. Su madre fue ingresada en una residencia donde falleció. Él nunca superó esa separación de su madre razón por la cual se planteó marcharse de allí. En Barcelona ha ido viviendo en habitaciones compartidas y desde hacía tres años había conseguido superar sus problemas con el alcohol. En febrero de este año tuvo que cambiarse repentinamente de piso porque le informaron de un aumento del precio de alquiler y no se lo podía permitir. Se tuvo que marchar a una casa donde la habitación era más barata y llegó el confinamiento por la pandemia por COVID: 24h en esa habitación tan pequeña, días sin apenas salir de allí, en una casa donde vivían cinco personas más. Cuando se pudo salir a la calle, él salía y se pasaba todo el día fuera, no quería estar encerrado en su habitación. Y de nuevo entró el alcohol en su vida.  Ahora lo ve todo negro y ha pensado, de nuevo en el suicidio. No quiere morir, quiere no vivir así.
  • Lola: «Me siento sola, la soledad me está matando. Si me preguntan prefiero morir de COVID, que así sola».
  • Los problemas económicos me han afectado a mi salud mental y el intentar suicidarme es una vía de escape, es huir de aquí. No lo pienso, es algo impulsivo cuando lo he intentado.
  • A Paco le diagnosticaron el cáncer y decía que ya había vivido lo que tenía que vivir. No sé si será casualidad pero hacía dos meses un buen amigo, al que también le diagnosticaron otro cáncer, se había suicidado en el pueblo. Y eso que los dos decían que tenían miedo a morirse, pero al final eligieron la misma forma de irse.

Y otras brújulas:

  • …las conversaciones e intercambios que se han ido sucediendo con todas aquellas personas que de alguna u otra forma aceptaron asomarse conmigo a este camino.

Aquí está disponible la grabación del encuentro del pasado 24 noviembre con Albert LLadó, Manuel Guerrero y todas las personas que nos acompañaron, donde hubo tiempo y espacio para las preguntas, las incertidumbres, las historias de vida, la emoción y una presencialidad excepcional disfrutada.

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