No era un lugar (des)conocido


No era un lugar desconocido, hubo visitas previas. Nos convocó la ausencia inesperada, por un tiempo indeterminado, de Celia. Todo comenzó a tambalearse en el día a día de los cuidados de Luciano y Adela. Las horas extras de cuidados y la comida preparada parecían ser insuficientes para las necesidades de las veinticuatro horas de los siete días de la semana. Hay palabras que se inclinan, que indican cierto suspense, que piden no ser clausuradas. No había percepción de necesidad de nada más que la espera del regreso de Celia. 

En esa difícil valoración que implica la calidad y la calidez de la vida cotidiana, de las necesidades y de lo que se debe-se puede hacer, de quién es protagonista… En ese intento de imaginar propuestas que pudieran mejorar esa espera surgió la del traslado a un centro. No siempre es posible, pero todo comenzaría con un “sí, adelante… “. 

De repente, una frase nos situó en un escenario inesperado:

– “Pero, aquí solos hasta que venga Celia…”. 

[Silencio]. 

Adela incorporó lentamente su cuerpo hacia adelante e inclinó su cabeza señalando la parte derecha del armario. Gestos acompañados por su voz pausada: “No estamos solos”.

Y ahí descubrimos que aquel recipiente azul contenía unas cenizas, las de su yerno. No era un lugar desconocido, hubo visitas previas pero desconocíamos esta historia que nos abocaba a un mapa de preguntas sobre lo desconocido, que no escondido. 

…….

Escribo sobre esta historia el día después de haber conocido a Shaday Larios en una nueva sesión de la Escola de Pensament del Teatre Lliure. Ella forma parte de la “Agencia El Solar. Detectives de objetos” que se definen como una oficina de investigación portátil que se dedica al trabajo de campo, a una labor etnográfica con las personas y sus pertenencias; y a cómo, a través de éstas, se refleja la historia singular y colectiva de una pequeña comunidad. 

Fue mágico poder rescatar esta historia real de Luciano y Adela, y que pudiera seguir poniendo palabras que hilen esas impresiones suspendidas.

Porque quizá a veces hay un exceso en esa forma de entender el cuidado desde la provisión de recursos materiales, de personas que se incorporen al cuidado familiar, de los traslados fuera del hogar… pero poco sabemos de todo aquello que, en realidad, da sentido al día a día. Las cenizas que cuidan, pensaba ayer. Y recordaba lo que he aprendido de mis referentes: que en este oficio del cuidar quizá mejor no precipitarse en la reconstrucción de los relatos, en las interpretaciones y en la asignación de papeles protagonistas, contener nuestras inercias en  medir lo que no es no se puede medir. En mantener la curiosidad como si de una detective se tratara, y no dejar de sentir el privilegio que supone poder entrar en tantos hogares, en tantas vidas.

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