La espera de una llamada

Me dijeron que me llamarían el martes a las cuatro de la tarde y hoy es lunes por la tarde. Ahora no estoy en casa y no le puedo decir el cambio de medicamento que necesito. He llamado dos veces hoy porque esperaba la llamada para las doce de la mañana y son las seis de la tarde. Es la segunda vez que me quedo todo el día en casa esperando a que suene el teléfono. Ya pensaba que no llamaría. Llevo dos semanas intentando poder hablar para contar lo que le ha pasado a mi hermana, pero siempre me atiende una persona diferente. No hay manera de hablar con mi doctora. He ido a la puerta del centro y me han dicho que primero me tienen que llamar así que me volví a casa. Y cuando me llaman no es quien conoce mi historial y me dice que no me queje porque puedo contar lo que me pasa. Llamo porque mi padre es sordo y los audífonos no le solucionan el problema como para hablar por teléfono. Me han atendido cuatro personas diferentes, cada una me ha dado una explicación diferente de este dolor de barriga y ya no sé qué tomar de todo lo que tengo en la receta. Es imposible conseguir que me atienda usted y le digo: “Si ya no quiere ser mi médica de cabecera, me lo dice. Y me cambio”. Mi llamada es para ver si puedo tener una cita en mi centro, tengo que comentar cosas que me han pasado y no quiero por teléfono. Espera que tengo apuntado en un papel lo que quería comentar, pero lo dejé en la mesilla de la habituación. Mi hija ya no vive en casa, este teléfono no es el suyo personal. ¿Necesita algo?, ¿es que se encuentra mal?.  Mi marido y yo ya somos mayores y no nos aclaramos con esta nueva forma de pedir visita. (…)“

Hasta aquí algunas de las frases recogida durante esta semana al otro lado del teléfono. Este tipo de escucha es la que, en los últimos meses, ha llenado horas y horas de mi jornada laboral. El teléfono como vía de comunicación en la consulta no es algo innovador. La novedad es que se haya convertido en el protagonista, y la mayoría de los días con personas con las que nunca te habías encontrado. Nunca imaginé este escenario, nunca me formé para ello. Fuera de la consulta ya era conocido mi cierto distanciamiento con la comunicación telefónica, así que en estos meses ha sido el inicio de una relación con encuentros y desencuentros, con nudos encontrando la tensión mesurada. Y ha sido en este momento cuando he descubierto a Andrea Khöler y su ensayo sobre la espera titulado “El tiempo regalado”. Son varios lo fragmentos subrayados a lo largo de sus ciento sesenta páginas, pero me detengo especialmente en éste:

“La espera de una llamada no solo te vuelve indefenso, sino que es un estado que oscila entre la pasividad y la acción. Se puede hacer algo para aliviar la tensión, para cruzar el silencio con una trémula base de palabras que sirvan de puente. Cuando nadie te habla, empiezas a hablarte tú mismo. (…) En el drama de la espera, el teléfono sigue siendo el accesorio más solicitado. A fin de cuentas, es la única técnica que nos sugiere presencia e intimidad. Como hace percibir la voz y la respiración como si la distancia no existiera, nos facilita la ilusión de no haber sido abandonados. El teléfono es el instrumento de una intimidad que salva las distancias. La telecofonía es una especie de cordón umbilical que está ahí para negar la separación. (…) La espera se nos hace particularmente dura cuando pacta con la enfermedad…”

Y regresando de nuevo a la consulta, me pregunto si podremos profundizar en el debate necesario sobre el cómo, para quién y para quienes de la atención telefónica. Poder practicarla como un medio, sin caer en el fin sin más.

Me pregunto si Khöler se replantearía estas letras después de los siete meses transcurridos.

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